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La IA promete revolucionar la atención médica, mejorando eficacia y experiencia, aunque con desafíos éticos y riesgos de desigualdad.
La inteligencia artificial (IA) posee un potencial transformador colosal en el ámbito de la salud; sin embargo, conviene considerar sus implicaciones éticas y el riesgo de aumentar desigualdades existentes.
En un evento reciente como SXSW Londres, el ex primer ministro británico Sir Tony Blair destacó que el Reino Unido debe adoptar la inteligencia artificial en medicina para no quedarse rezagado en lo que considera “la mayor revolución desde la Revolución Industrial”. Blair sostiene que, pese a los temores, el impacto “absolutamente transformador” de la IA en servicios públicos como salud y educación puede ahorrar tiempo y recursos. Así, afirma: “Cuando observo lo que la IA está haciendo, pienso que apenas estamos en las primeras etapas de esta revolución transformadora.”
Este planteamiento se produce tras el lanzamiento en Arabia Saudita de la primera clínica dotada de un médico asistido exclusivamente por IA, llamada "Dr. Hua", desarrollado por la empresa china Synyi AI con sede en Shanghái. Dicha clínica ya diagnostica y prescribe tratamientos para enfermedades respiratorias, configurando un panorama de futuro en el que la inteligencia artificial atiende la salud humana, algo impensable hace algunos años. Sin embargo, sostengo que, al menos en el corto y medio plazo, el papel crucial de la IA reside en complementar y potenciar al profesional sanitario, no en sustituirlo.
Diversas razones fundamentan esta visión, que van más allá del bien conocido riesgo de errores con consecuencias críticas en medicina. No menor es la complejidad del ecosistema sanitario: los clínicos no son simples prestadores de un servicio, sino agentes con fuerte compromiso profesional, especialmente en decisiones de alto impacto. Al considerar delegar autoridad a la IA, inevitablemente surgen preocupaciones de seguridad; además, los factores económicos y la autonomía profesional influyen considerablemente en su reticencia.
Por ello, la incorporación de la IA ha comenzado por áreas auxiliares. Ya es común su aplicación en la gestión documental: escritura de notas clínicas, redacción de cartas y papeleo, tareas administrativas que frecuentemente limitan la interacción directa entre médico y paciente. Progresivamente, estas tecnologías evolucionarán hacia monitoreo pasivo, revisando dosis de medicamentos, detectando interacciones adversas y señalando contraindicaciones. Posteriormente, se espera que la IA asuma roles más activos, sugiriendo diagnósticos, proponiendo exámenes complementarios y delineando tratamientos potenciales. Es decisión irrevocable, no obstante, que la determinación final recaiga en expertos humanos altamente calificados.
Este proceso gradual de integración conlleva un escenario beneficioso —una “ganar-ganar-ganar”—: para los médicos, brinda mayor satisfacción laboral y disminución del agotamiento profesional. Difícilmente he encontrado clínicos que disfruten la carga burocrática; de hecho, muchos admitirían ceder parte de su salario si estos recargos pudieran reducirse gracias a la asistencia de la IA. Así, será factible liberar tiempo para focalizarse en la faceta esencial del trabajo: la atención directa y la resolución de problemas complejos.
"Aún no he conocido a ningún médico que realmente disfrute del papeleo interminable; muchos estarían dispuestos a renunciar a una parte de su salario para aliviar esta carga"
"Aún no he conocido a ningún médico que realmente disfrute del papeleo interminable; muchos estarían dispuestos a renunciar a una parte de su salario para aliviar esta carga"
También los pacientes se favorecen enormemente. Imaginen un acto médico donde el doctor mantiene contacto visual, escucha atentamente y mantiene una conversación fluida, en lugar de estar absorto frente a la pantalla. Esta conexión humana se fortalece a medida que la IA asume actividades administrativas, posibilitando una experiencia de salud más empática y eficaz. Para las instituciones sanitarias, las ventajas son igualmente notables.
La calidad y precisión en la documentación médica impactan directamente en los reembolsos financieros. La IA contribuye a mejorar sustancialmente la integridad y exhaustividad de los registros, agilizando procesos y fomentando la estabilidad económica del sistema.
No obstante, el avance de la IA señaliza un cambio paulatino, desde la función auxiliar hacia la sustitución de ciertas labores. Se espera que esta transición se inicie en áreas menos críticas, tales como consultas rutinarias o chequeos convencionales, con especial relevancia en entornos de recursos limitados donde la alternativa a la IA no son especialistas sino la ausencia de atención médica. Algunos expertos advierten que esto podría configurarse como un sistema de salud dual: médicos humanos para pacientes acomodados y versiones automatizadas —y menos cualificadas— para quienes no disponen de otros accesos, exacerbando así las desigualdades sanitarias existentes.
Sin embargo, sostengo la hipótesis contraria. Conforme la IA constantemente supera sus capacidades, podría llegar a superar al médico humano en todos los aspectos, incluida aquella delicada habilidad interpersonal de empatía y trato directo. En tal escenario, es factible que los sectores económicamente privilegiados accedan a la IA superior —a la "Doctora IA" avanzada— mientras que los menos favorecidos podrían quedar relegados a la atención humana que es comparativamente inferior. Este planteamiento, provocador, exige una reflexión seria sobre el extraordinario potencial de la IA y las profundas implicancias éticas asociadas a su implementación en la salud.