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El informe Global Wealth Report (UBS) explica por qué promedios y medianas cuentan distinto; la IA, las emisiones y las tensiones comerciales reconfiguran la riqueza global.
¿Te sientes más rico? El último Global Wealth Report de UBS muestra que, por cada 10 dólares que el mundo tenía a comienzos de 2025, ganó algo más de 1 dólar al cierre del año. La riqueza promedio superó los 500.000 dólares en siete países, pero ese promedio puede verse distorsionado por una minoría de grandes fortunas. Como apuntó el economista jefe del banco, "la gente tiende a pensar en su riqueza en relación con la riqueza de los demás".
Para entender mejor lo que ocurre en la "mitad de la escala", UBS recomienda fijarse en la mediana. Ese cambio de enfoque altera posiciones: Estados Unidos figura segundo por riqueza promedio, pero 28.º por mediana; Bélgica pasó del 11.º puesto en promedio al 2.º en mediana; e Italia aparece 23.º en promedio y 11.º en mediana. La diferencia entre ambas medidas explica por qué comparar países solo por un promedio (o por el PIB per cápita) puede dar una impresión sesgada.
El debate público lo ha dejado ver con claridad. Un editorial en EE. UU. reabrió la polémica sobre si Europa es ahora "pobre" frente a Estados Unidos en términos de PIB per cápita —un indicador promedio—. Pero los indicadores de bienestar y las encuestas de percepción ofrecen otra lectura: Finlandia, repetidamente elegida el país más feliz del mundo, tiene una riqueza per cápita alrededor de un 60% inferior a la estadounidense; España muestra una cifra un 133% inferior y, aun así, casi dos tercios de los encuestados declaran que su situación económica personal es "muy buena o buena".
Las cifras no cuentan toda la historia: los precios relativos y las decisiones cotidianas importan. En China, por ejemplo, la gasolina puede resultar más cara que en EE. UU., pero el transporte público, los restaurantes, el ocio y la educación universitaria suelen costar menos. En el reciente Summer Davos en Dalian se insistió en la necesidad de estimular el consumo: otra señal de que no existe un único estándar universal para lo que significa ser "rico".
La expansión de la inteligencia artificial genera riqueza para algunas compañías y, al mismo tiempo, inquietud social. Una exsecretaria de Comercio de EE. UU., que encabeza un esfuerzo bipartidista para evitar recortes masivos de empleo inducidos por la automatización, advirtió que "la mayoría de las empresas resultarán muy perjudicadas por una revuelta populista o violencia política que esto podría causar".
La cuenta ambiental también se complica: la construcción de centros de datos para alimentar la IA hizo que las emisiones de los grandes titanes tecnológicos estadounidenses se dispararan el año pasado; en un caso, una empresa emitió el equivalente a 19 millones de coches de gasolina. Esa combinación —ganancias concentradas y costes ambientales— subraya la necesidad de políticas que permitan que más actores se beneficien y que se mitiguen efectos negativos.
Además, algunos promotores de la IA —entre ellos actores muy acomodados— reclaman su adopción como motor de crecimiento; según análisis recientes, esa demanda exige también confianza en las instituciones y medidas públicas que reduzcan los riesgos sociales de la transición.
En los debates internacionales también emergen tensiones comerciales con China. Algunos análisis sostienen que Pekín está obteniendo ventaja en una disputa de comercio que la Unión Europea apenas comienza a abordar, y plantean la posibilidad de que un grupo de Estados miembros actúe sin esperar un consenso amplio. La situación se vuelve más compleja cuando el clima entra en la ecuación: olas de calor cada vez más frecuentes han convertido a los aires acondicionados en un bien crítico, y Europa depende en buena medida de unidades chinas asequibles, lo que complica los intentos de reducir la dependencia de importaciones baratas.
Una propuesta alemana para aliviar tensiones comerciales no ha tenido buena acogida en Pekín, y algunos observadores recuerdan acuerdos del pasado —cuando las economías occidentales lidiaron con la competencia de bienes japoneses baratos— cuyos efectos terminaron siendo severos para las partes implicadas. Por ahora, China no parece interesada en replicar ese tipo de acuerdo.
En conjunto, estas piezas muestran que la riqueza —y la sensación de ser rico— depende tanto de medidas estadísticas como de percepciones, precios relativos, tecnología y política. Mirar únicamente promedios oculta matices; para diseñar respuestas efectivas hacen falta medianas, políticas institucionales y decisiones públicas que reparen asimetrías y gestionen los efectos colaterales de la innovación y del cambio climático.